Diferenciación funcional y cambio social: ¿en qué sociedad vivimos?

De aquí resulta un enorme dinamismo, una presión verdaderamente explosiva por tener que reaccionar –frente a la cual cada sistema parcial sólo puede protegerse estableciendo altas barreras de umbrales de indiferencia.

Niklas Luhmann

Por Julio Labraña

Doctorando Witten Herdecke Universität

La pregunta por el cambio ha sido una constante en la reflexión filosófica, al menos desde la contraposición entre la inmovilidad del ser (Parménides) y su cambio constante (Heráclito) (Severino 1992). Esta interrogante se trasladó a la sociología bajo distinción entre estática y dinámica, refiriendo a la variación de diferentes ámbitos de la sociedad. En el intento de conciliar ambas posturas  surgen varias respuestas desde la sociología, describiendo la modernización como asociada a procesos de diferenciación (Nassehi 2011). Parece que el concepto permite apuntar a condicionantes estructurales, a la vez que considerar aspectos de individualidad sujetos a variación. Conocida es la diferenciación entre estructura y superestructura en la división del trabajo en Durkheim (1987) y sus consecuencias sobre la solidaridad social, la racionalización de distintos órdenes de la vida en Weber (2002), el distanciamiento analítico de sistemas orientados a la adaptación, consecución de objetivos, integración y latencia en Parsons (1968) y la creciente separación señalada por Habermas (1999) entre sistema y el mundo de la vida.

Luhmann (2007) señala que el concepto de diferenciación le ha permitido a la sociología distanciarse de las teorías del progreso y acercarse a la elaboración de análisis estructurales relativos al cambio social. Sin negar lo anterior, el sociólogo alemán acusa que el concepto mantiene una connotación positiva. En otros términos, se señala que el concepto se encuentra excesivamente indeterminado. Esta anotación también puede ser encontrada en el libro “Grandes estructuras, procesos amplios, comparaciones enormes” (Tilly 1991). En éste, el autor critica la asociación prevaleciente entre diferenciación y progreso así como el diagnóstico del orden social como resultado de un balance entre integración y diferenciación. Esta utilización queda evidente en, por ejemplo, Parsons (1959), cuando señala que la obligatoriedad de la escuela posibilita la homogeneización de estratos físicos, intelectuales y morales en el conjunto de la población. En la misma dirección de resolución del problema de la diferenciación mediante la integración, Habermas (2005) indica que este objetivo es cumplido en la sociedad moderna mediante tres formas específicas del derecho: institucionalización jurídica de mercados y organizaciones, juridificación de problemas éticos y de costumbre y la universalización del estatus de ciudadano a través del derecho público. Producto de esta decisión teórica asumida en el siglo XIX, se genera un análisis cercano al maniqueísmo, una división radical entre fuerzas del orden y del desorden:   

TillyTilly 1984:28

1371220_10151988700254664_237776304_nCrítico de esta tradición, Luhmann, siguiendo los aportes de la cibernética de segundo orden y del cálculo de la forma, define el concepto de diferenciación como “una construcción recursiva de un sistema, la aplicación de la construcción sistémica a su propio resultado(2007:473). Los sistemas sociales se diferencian internamente, de modo que construyen un entorno interno de lo distinguido. No se refiere a la descomposición del todo en sus partes, conceptual o fáctica, ambas relacionadas con la presuposición de un orden integrador. De lo que se trata más bien es de que cada sistema reconstruye al sistema total (más claro: un sistema total) mediante una diferencia propia (específica al sistema) de sistema-entorno (Nassehi 2011). Ello da lugar a una interesante consecuencia teórica: “suceda lo que suceda, sucede múltiples veces, dependiendo del sistema de referencia” (Luhmann 2007:473). No es difícil ver en este planteamiento sobre la diferenciación la incorporación de premisas del planteamiento constructivista. En este sentido, la diferenciación funcional es, a la vez, conservadora y revolucionaria: por una parte, es dependiente de sus posibilidades seleccionadas mientras que, por otra, incorpora una carga potencialmente explosiva de sucesos. 

En Luhmann el análisis de la sociedad contemporánea se estructura mediante el concepto de formas-de-diferenciación-de-sistemas: “Hablamos de forma-de-diferenciación, cuando se trata de cómo se coordina –en un sistema-total- la relación de los sistemas parciales entre sí” (Luhmann 2007:482). La estructura de la sociedad más decisiva determina las posibilidades de evolución del sistema e influye sobre sus formas de diferenciación adicionales: limita las posibilidades de realización de otras formas. Desde la teoría de sistemas sociales autopoiéticos se destaca que, hasta la sociedad contemporánea, las formas de diferenciación acaecidas corresponden a una diferenciación por segmentos, centro y periferia, estratificada y por funciones. Conceptualizado en su igualdad o desigualdad:

Cadenas

Cadenas 2012:55

Con el ascenso de la modernidad la diferenciación de sistemas asume la primacía por funciones: emergen distintos sistemas parciales orientados a una función específica, operación que realizan a través de un incremento de su negligencia frente a otro tipo de irritaciones. Los sistemas funcionales presuponen un mundo infinito a partir del cual crean un entorno dinámico constituyéndose altamente diferenciados y autónomos, operacionalmente cerrados, con su propia memoria y tipo de operación y sin posibilidades de seguir una coordinación centralizada (Luhmann 1994). Dicho en otros términos, las comunicaciones se organizan en torno al cumplimiento de funciones especiales (economía, política, educación, arte, salud, entre otros) cada una de las cuales se aborda al nivel de la sociedad.

Los sistemas funcionales se tratan como desiguales pero tematizan sus entornos como iguales, puesto que nada excepto la función justifica la discriminación. Ningún grupo puede arrogarse la tematización exclusiva de los sistemas funcionales sino que es asequible de manera universal. Las clases altas no pueden, como en la sociedad diferenciada por estratos, hacer exclusivo el acceso a las garantías del derecho o del acceso a la educación (Luhmann 1998; Arnold 2012a; Arnold 2012b). En los términos trabajados por el sociólogo alemán se presupone una inclusión universal en las operaciones de los sistemas funcionales.

Pese a que estos sistemas surgidos en la diferenciación sistémica carecen de coordinación central, no por esto deben entenderse como mónadas de pura autorreferencia en el sentido descrito por Leibniz (Severino 1986). Cada uno de estos sistemas funcionales puede activar sus operaciones hacia tres referencias sistémicas: a) hacia el sistema de la sociedad en términos de su función, b) hacia otros subsistemas en el entorno en términos de prestaciones y c) hacia sí mismo en términos de autorreflexión (Luhmann 1998). La forma de observación desde el sistema hacia la sociedad se identifica con el cumplimiento de la función del sistema en el presente, presuponiendo la adecuada atención hacia otras funciones en el resto de sistemas. La formulación y ejecución de decisiones colectivamente vinculantes es función del sistema político, y no de los sistemas económico y educativo, si bien es presupuesto el cumplimiento de sus funciones respectivas.

La observación de otros sistemas en el entorno implica la entrega de outputs (servicios) hacia otros sistemas y la aceptación de inputs (insumos) de otros sistemas. En el sistema político debe haber atención suficiente para obtener recursos de poder de otros sistemas y generar decisiones políticas aceptables como premisas de conductas en entornos no políticos (Luhmann 2007).

Por último, la orientación reflexiva se vuelve importante sobre problemas de continuidad y discontinuidad ante los cuales el sistema debe tematizar su propia identidad. Este es el caso de la teoría de la educación (pedagogía) que asegura la continuidad de la educación en la reflexión sobre su objeto (Luhmann 1996).

La anterior descripción no implica, necesariamente, que todos los individuos estén positivamente integrados en las operaciones de los sistemas funcionales. Recordemos que hemos definido que cada sistema cumple una función específica, a partir de la cual excluye las comunicaciones que no le sean propias. Esto es realizado por el esquema binario que aporta un código al dividir el mundo en dos valores, uno positivo y otro negativo. Pueden existir códigos secundarios adicionales pero todos, en última instancia, se subordinan a las alternativas del código original (Luhmann 2007). Así, la sociedad contemporánea se asemeja a un hidra con múltiples cabezas independientes entre sí.

Los códigos son incapaces de proporcionar regulaciones en que las operaciones sean descritas como correctas o incorrectas. Ninguna comunicación puede escapar al procesamiento del código de un sistema funcional diferenciado. Evolutivamente se hace necesario, por tanto, restringir las operaciones de los códigos a través de una semántica de criterios adicionales que determinen en qué condiciones el valor positivo o negativo del código cumple con las condiciones en calidad de normas de decisión (Luhmann & Schorr 1990). Ello puede observarse en los programas de la ciencia, teorías y métodos, que establecen cuando es posible hablar de verdad, sin que deban permanecer invariantes en el tiempo. Lo mismo en los programas de inversión en la economía o las historias comunes en la intimidad que, sin permanecer constantes para vendedores y enamorados, permiten historizar los sistemas económicos y de la intimidad. 

Una formulación de este tipo deja abierto el problema teórico de cómo motivar la aceptación de comunicaciones entre alter y ego. Para los casos referidos ello implica, por una parte, la aceptación del dinero como mecanismo de intercambio entre compradores y vendedores y, por otra, la aceptación de declaraciones amorosas como confirmación del mundo común de los amantes. En las siguientes entradas veremos cómo esta interrogante es tratada por Luhmann mediante los medios de comunicación simbólicamente generalizados. Pero antes es preciso tener claridad en los conceptos de comunicación y de doble contingencia, temas a los cuáles nos abocaremos en las siguientes entradas de Sistemas Sociales.

Sobre el concepto de diferenciación funcional existe una literatura sumamente extensa. Sin temor a exagerar es plausible pensar que toda investigación sistémica constructivista asume las consecuencias de la diferenciación funcional sobre la sociedad moderna. Una excelente combinación es la lectura de los capítulos “La diferenciación de la sociedad” y “Lo moderno de la sociedad moderna” en “Complejidad y modernidad: de la unidad a la diferencia” de Luhmann junto a “La teoría de la diferenciación funcional en el horizonte de sus críticas” de Nassehi. El estudio sociológico, sin embargo, no se quedado en la mera constatación de la diferenciación funcional, surgiendo voces que afirman la superación de esta forma de organización en la sociedad contemporánea. Nada asegura que la diferenciación de la sociedad a través de sistemas funcionales sea la última, dado que el cambio social dista de presuponer un sentido teleológico.

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En esta dirección, el análisis destaca estructuras que conviven y pueden subvertir su primado. El mismo Luhmann ha sugerido en distintos escritos la probabilidad de que la sociedad evolucione en el futuro a partir de la diferencia inclusión/exclusión, posibilidades recolectadas, junto con las de otros autores, en el siguiente artículo. Con una preocupación similar pueden revisarse la entrevista de Baecker sobre la next societyla propuesta de Mascareño sobre una incipiente forma de diferenciación contextual o ls descripciones de Stichweh sobre la sociedad mundial. 

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